Me enamorĂ© del Real Valladolid cuando aĂșn no tenĂa edad para saber quĂ© era eso del amor. De la mano de mi abuelo naciĂł un sentimiento visceral, que va mĂĄs allĂĄ de la razĂłn y lo razonable. Mi amor por el fĂștbol es otra cosa. Era 1992 y un equipo de locos con un genio holandĂ©s a la cabeza estaba a punto de cambiar la historia de un club, de una liga, de una competiciĂłn, de un deporte y de una niña de once años.
Elegante como pocos y veloz como ninguno, Cruyff ya habĂa cambiado el mundo cuando era jugador. Aquel flaco que habĂa respirado la cantera del Ajax consiguiĂł lo imposible: ganar un Mundial aĂșn perdiĂ©ndolo. Alemania se coronĂł en 1974 pero en la mente colectiva aquella Copa del Mundo la ganĂł Holanda con Cruyff al frente. Aquel fĂștbol nacido del pequeño paĂs holandĂ©s enterrĂł el catenaccio a golpe de pala y enseñó al mundo que todo podĂa ser diferente, que el fĂștbol era para disfrutar y no para sufrir.
Nunca lo he visto en acciĂłn, mĂĄs allĂĄ de los goles y las jugadas aisladas que reponen en televisiĂłn, pero me lo he imaginado muchas veces, delgado y arrogante, con el balĂłn siempre en los pies, pensando el fĂștbol antes de ejecutarlo, un icono de los 70 que nunca vivĂ. Pero sĂ que vi en directo a su Dream Team.
Muchos fueron los que llamaron loco a Cruyff por su valiente 3-4-3, los que le criticaron por fichar a un central holandĂ©s desconocido, por jugar con dos laterales bajitos, por preferir centrocampistas jugones al fĂsico de siempre, por levantarse, por respirar. Porque a Cruyff nunca le faltaron detractores, como todos los visionarios tuvo que enfrentarse a los que son incapaces de ver mĂĄs allĂĄ de sus narices.
Todos tuvieron que callar cuando Koeman mandĂł el balĂłn al fondo de las mallas en Wembley. A partir de ese momento todo cambiĂł. Cruyff ya podĂa inocular el veneno del fĂștbol a travĂ©s de la MasĂa. Porque la gran obra del Flaco no fue la Copa de Europa, ni las cuatro ligas consecutivas del FC Barcelona, su legado es el fĂștbol que se juega ahora. Aquella semilla que plantĂł en Barcelona, floreciĂł en la Liga y dio frutos con las dos Eurocopas y el Mundial de España. Todo eso se lo debemos a Cruyff.
El holandĂ©s convirtiĂł a un equipo menor que se conformaba con ganar las Copas del Caudillo primero y las del Rey despuĂ©s, en el gran dominador del mundo. Su legado lo recogiĂł Rijkaard y lo llevĂł hasta las Ășltimas consecuencias Guardiola. Y todavĂa estĂĄ ahĂ, latiendo en cada continente.
Pero por encima de todo esto, Johan Cruyff me enseñó a ver el fĂștbol de otra manera, con libertad, sin el corsĂ© del doble pivote, me enseñó que la victoria sin estilo no tiene sentido. Y eso vale para el fĂștbol y para la vida. AsĂ que desde aquĂ, muchas gracias por cambiar la vida de una niña de once años.
Elegante como pocos y veloz como ninguno, Cruyff ya habĂa cambiado el mundo cuando era jugador. Aquel flaco que habĂa respirado la cantera del Ajax consiguiĂł lo imposible: ganar un Mundial aĂșn perdiĂ©ndolo. Alemania se coronĂł en 1974 pero en la mente colectiva aquella Copa del Mundo la ganĂł Holanda con Cruyff al frente. Aquel fĂștbol nacido del pequeño paĂs holandĂ©s enterrĂł el catenaccio a golpe de pala y enseñó al mundo que todo podĂa ser diferente, que el fĂștbol era para disfrutar y no para sufrir.
Nunca lo he visto en acciĂłn, mĂĄs allĂĄ de los goles y las jugadas aisladas que reponen en televisiĂłn, pero me lo he imaginado muchas veces, delgado y arrogante, con el balĂłn siempre en los pies, pensando el fĂștbol antes de ejecutarlo, un icono de los 70 que nunca vivĂ. Pero sĂ que vi en directo a su Dream Team.
Muchos fueron los que llamaron loco a Cruyff por su valiente 3-4-3, los que le criticaron por fichar a un central holandĂ©s desconocido, por jugar con dos laterales bajitos, por preferir centrocampistas jugones al fĂsico de siempre, por levantarse, por respirar. Porque a Cruyff nunca le faltaron detractores, como todos los visionarios tuvo que enfrentarse a los que son incapaces de ver mĂĄs allĂĄ de sus narices.
Todos tuvieron que callar cuando Koeman mandĂł el balĂłn al fondo de las mallas en Wembley. A partir de ese momento todo cambiĂł. Cruyff ya podĂa inocular el veneno del fĂștbol a travĂ©s de la MasĂa. Porque la gran obra del Flaco no fue la Copa de Europa, ni las cuatro ligas consecutivas del FC Barcelona, su legado es el fĂștbol que se juega ahora. Aquella semilla que plantĂł en Barcelona, floreciĂł en la Liga y dio frutos con las dos Eurocopas y el Mundial de España. Todo eso se lo debemos a Cruyff.
El holandĂ©s convirtiĂł a un equipo menor que se conformaba con ganar las Copas del Caudillo primero y las del Rey despuĂ©s, en el gran dominador del mundo. Su legado lo recogiĂł Rijkaard y lo llevĂł hasta las Ășltimas consecuencias Guardiola. Y todavĂa estĂĄ ahĂ, latiendo en cada continente.
Pero por encima de todo esto, Johan Cruyff me enseñó a ver el fĂștbol de otra manera, con libertad, sin el corsĂ© del doble pivote, me enseñó que la victoria sin estilo no tiene sentido. Y eso vale para el fĂștbol y para la vida. AsĂ que desde aquĂ, muchas gracias por cambiar la vida de una niña de once años.




